Los primeros cultivos de palma aceitera datan de los años 50 en Santo Domingo de los Tsáchilas y Quinindé, sin embargo, su apogeo inicia con fuerza en los 70 y 80, a partir de ese momento no ha parado de expandirse, convirtiéndose en uno de los productos de mayor contribución al PIB agrícola nacional. Actualmente, Ecuador es el segundo productor de aceite de palma a escala regional y el noveno en el mundo, con una producción aproximada de 550.000 toneladas al año por encima de Brasil, México y Perú. Posee un área de siembra de casi 250.000 hectáreas y con un potencial de crecimiento en área del 40%.

La palma aceitera se ha caracterizado en nuestro  país por tener una cadena productiva creciente, estable y exitosa; de alta importancia económica y social para el sector agropecuario ecuatoriano; orientada a la generación de valor agregado y con una boyante dinámica en sus exportaciones, contribuyendo significativamente a la balanza comercial, a la generación de divisas de exportación y a la captación de la Población Económicamente Activa (PEA), en especial en las zonas agrícolas palmeras, a la incorporación de un alto porcentaje de pequeños productores y, con ello, a la reducción de la pobreza rural; con negocios inclusivos y principios de protección a la naturaleza.

A nivel de la región, desde hace algunos años el país ha ganado la fama de “cultivo redentor” o “cultivo social” por integrar a una gran cantidad de pequeños y medianos productores en su cadena y por la generación de empleo.

Estas dos cualidades promueven el crecimiento económico a través de la inserción en el mercado internacional y la disminución de la pobreza.

De igual manera, el sector palmicultor se ha enfocado en fomentar solidaridad y cohesión social, comprometiéndose a impulsar procesos sociales que generan beneficios comunitarios, desarrollando opciones para que los habitantes de las diferentes zonas inicien una actividad empresarial, fortaleciendo la economía y la calidad de vida en las diferentes regiones del país.

Es por eso que busca forjar la idea de una actividad que privilegia lo social, que genera empleo, vela por la integración de los pequeños y medianos productores, por su sostenibilidad económica y su calidad de vida, sin dejar de lado la sustentabilidad ambiental.

Para finalizar, es importante mencionar la razón por la que el sector palmicultor busca construir la imagen de un cultivo amigable con el medio ambiente, que dialoga con la biodiversidad, y que se expande responsablemente.

Desde hace varios años, la palma aceitera apoya los mecanismos y compromisos tendientes a alcanzar una producción sostenible, regida por normativas ambientales internas y, en un marco más globalizado, bajo estándares internacionales contemplados por la Mesa Redonda de Aceite de Palma Sostenible (RSPO).

Es por esta razón que, conscientes de los retos que representan los cultivos de palma en el contexto ecuatoriano, se ha tomado la decisión de introducir en el país una Certificación Jurisdiccional, que busca emprender en una producción sostenible de la palma africana, lo cual constituye una gran motivación para continuar con la transformación de la cadena de palma aceitera, de manera productivamente eficiente y socialmente incluyente.

Este compromiso, es el primer paso para la adopción nacional de normas y prácticas sostenibles, que indudablemente regirán la producción y comercialización del aceite de palma en el mundo, poniendo a Ecuador a la vanguardia de otros países y dando un gran ejemplo de sostenibilidad al mundo.

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